(Por Yamila Juan).
Una fiesta que una comunidad se encarga de mantener.
Es viernes 2 de febrero, hace 38 grados, los mosquitos fastidian, y en un galpón de la entrada del pueblo hay al menos diez personas trabajando con soldadoras, pintura, papeles, cintas. Un rey momo oculta en un rincón su cara ante la cámara.

Es uno de los refugios de las carrozas previo a su aparición sorpresa, se trata del corralón municipal, donde el intendente junto a algunos de los colaboradores, están preparando las carrozas que representarán a la Municipalidad en la fiesta popular más esperada: el carnaval.

Así como este galpón, en distintos puntos de Villa Mirasol hay otros galpones o garajes, rara mezcla de taller de arte y de mecánica, donde coinciden el collage y el entusiasmo de padres, hijos y abuelos por ser parte de una noche que, como años anteriores, quisieran guardar en el libro de historia del pueblo.

El sábado por la mañana ya los banderines cruzan el cielo entre los postes de luz frente al Club Belgrano, y las sillas se enfilan paralelas al cordón de la vereda, aguardando al público nocturno.

Frente a la escalinata del club, un grupo de chicos de entre 6 y 15 años acomodan sus instrumentos: baldes, bidones pintados, palitos de escoba, y colocan un colchón en el medio de la calle, donde harán alguna pirueta. Son los asistentes a la colonia de vacaciones, a cargo de dos profesores de Educación Física, que se transformarán en la murga de apertura del carnaval.

Un señor que llega del campo estaciona su camioneta esquivando el colchón, y se queda mirándolos. Siguiendo los silbatos y señales de los profes, los chicos avanzan con movimientos murgueros a un ritmo que aprendieron poco antes, pero lo que llama la atención del hombre que los mira, es singularmente esa pertenencia al país donde no se puede volver, y nos dice a los otros observadores: “Esto es… esto es lo que no debemos perder, yo no tuve, yo no pude vivir esto, pero ellos… miralos qué lindos”.

A la tarde, los colaboradores de la cantina deben tener todo preparado para que no falten choripanes ni hamburguesas. Los que estarán en las parrillas haciendo el fuego o vendiendo espumitas, ya saben que poco verán del espectáculo, pero aún así no pierden la alegría, porque después de todo entienden que les guste mucho o poco, la función asignada será una parte imprescindible de la fiesta.

El intendente Lucas Laguna, terminando de armar una de las dos carrozas que representan a la Municipalidad, pero que no participarán en la premiación, según aclara, le cuenta a MD cómo vive esta festividad: “Tratamos de colaborar siempre. Es una fiesta que lleva casi 30 años, solamente se interrumpió por la pandemia. Creo que es la fiesta más tradicional del pueblo, y la gente la espera durante todo el año”.

“Al principio, cuando pusimos la fecha, no había ningún evento en la zona, pero después nos enteramos de otros bailes y demás. No somos exclusivos, pero aún así, esperamos a 1000 ó 1200 personas. La gente del pueblo viene en su totalidad, gente de los pueblos vecinos”, comenta.

El club, el colegio, la escuela, el hospital, el jardín de infantes, son algunas de las instituciones que participan, además de entidades y familias particulares, que también se involucran en la organización del evento y el armado de carrozas.

Y claramente no hace falta una gran estrategia publicitaria para convocarlos, lo hacen porque ya es parte de una idiosincrasia y, a pesar del clima que ofrezca la naturaleza o el país, están dispuestos a generar una fiesta.

Luego, la secretaria tesorera del municipio, Jimena, nos anuncia que un jurado con personas que no son del pueblo, votará por las mejores carrozas y disfraces: “Habrá premios en efectivo para carrozas por institución y particulares, para cuadros vivos y disfrazados individuales que se hayan anotado en la Comisaría”, sostiene.

“El primer premio para las carrozas es de 80 mil, y el segundo de 40 mil pesos en efectivo. También para cuadro vivo. El premio para disfraz individual es de 60 mil, y el segundo de 40 mil pesos”, puntualiza.

El sábado 3 a las 21, ya bajó mucho la temperatura, hay un foco de atracción para todos, sin distinción de credos, no importa mucho el maquillaje, sino conseguir una silla con buena ubicación, o llevar las reposeras del patio. El Club está iluminado y limpio, el viento pasa invitación a cada poblador indeciso con aromáticas ráfagas de carne braseada.

Y las carrozas esperan ansiosas el desfile en este modo feliz de cortar la avenida principal, con niños que se bañan con espuma o bombitas de agua en el asfalto, con adultos que vuelven a jugar detrás de alguna máscara, con personas que se reencuentran, se abrazan, bailan o se quedarán ahí mirando hasta que la orquesta diga “esta sí es la última”.
(Fuente: www.maracodigital.net )